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Jornada helada para personas frías

  • Sebastian Bravo
  • 17 jun 2019
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 25 jun 2019

Ultima Fecha del Torneo de reservas, un clima helado para Lima y un lugar donde abunda la seguridad y la estrictidez


Son las ocho de la mañana de un frío domingo de junio, cuando me acerco al gran portón del Colegio Militar Leoncio Prado, a punto de presenciar, con mi compañero de clase, el partido entre los equipos de reserva de la Academia Cantolao y FBC Melgar, correspondiente a la última fecha del Torneo Apertura. Me pregunté: ¿Cómo es posible que se pueda jugar un partido a estas horas de la mañana con este clima? De pronto, me doy con la sorpresa de que no éramos los únicos interesados en ver el partido, había apróximamente, unas veinte personas junto con nosotros esperando a que nos dejaran ingresar al Colegio para ver el partido. Familiares tanto de los jugadores de Melgar y de Cantolao esperaban por una respuesta de la persona encargada de abrir el portón para dejarnos ingresar, que anteriormente nos había negado el pase al decir que el partido era a puerta cerrada.


Dejaron ingresar a dos personas, un señor alto, caucásico, pelo gris, bien abrigado; y a una señora de iguales características. No es por sonar racista ni nada por el estilo pero la mayoría de las familias que dejaron esperando afuera eran de rasgos criollo. Como que algo no andaba correcto por aquí.


Escuchamos desde las calles de la avenida La Paz cercanas al grifo Primax, el pitido del árbitro que decretaba el inicio del encuentro. Más o menos pasaron 20 minutos y nadie atrás del gran portón de hierro nos daba respuesta alguna. Hasta que, a una señora se le ocurrió la idea de preguntarle a una vecina del lugar si podíamos subir al techo de su casa para presenciar el partido. La vecina amablemente, accedió. Entramos a su humilde casa, saludamos a sus familiares y subimos por una débil escalera de madera. Fuimos quince personas las que subimos al, aún en construcción, tercer piso de la casa de esta vecina. Para cuando todos estábamos en el tejado, rondaban los 30 minutos del primer tiempo.


Terminado el primer tiempo mi compañero y yo bajamos del tejado, salimos de la casa y nos dirigimos hacia la puerta principal del colegio Leoncio Prado. Volteando cada 5 minutos hacia atrás ya que, para nadie es ajeno que esa zona de la costanera es un tanto, como dicen los chalacos, “picante”. Cuando llegamos a la puerta principal, me acerqué a preguntarle al soldado que estaba custodiando la puerta si podíamos entrar a la cancha para ver el partido y tener una vista más cercana a este. Nos negó el paso. Me acordé que el jefe de mi mamá había estudiado allí y se había hecho de un nombre reconocido en el colegio. De inmediato llamé a mi papá a comentarle lo que había ocurrido.


Al cabo de treinta minutos mi papá llegó en su carro con el jefe de mi mamá, un hombre alto, cabellera blanca, delgado, sobrepasaba los sesenta años; que le dio la orden al soldado de hacernos pasar y este accedió. Entramos al colegio. Siempre había escuchado sobre ese colegio, tenía profesores en la secundaria que habían estudiado ahí, tíos míos que eran policías igual, pero nunca había ingresado, hasta ese momento. Enorme, casi todo era con una combinación de colores de rojo oscuro, amarillo y blanco, canchas para hacer diversos deportes, piscina temperada, y un edificio, donde se encontraba la recepción, que era la única edificación que se mantenía sin ninguna modificación desde la fundación del colegio.


Acto seguido pasamos a presenciar lo que restaba del partido. Una cancha grande al aire libre donde si alguien pateaba y el balón salía desviado el recogebolas tenía que ir hasta el último pabellón para encontrar el balón. Tenía una sola tribuna que cubría todo el largo de la cancha. Faltaban casi quince minutos para el término de este, cuando en un córner a favor de Cantolao, el arquero de Melgar intenta agarrar el balón con ambas manos pero este se desvía y termina entrando (ligeramente) en su arco. Antes de que el balón golpée la red, un defensa de Melgar rechaza el balón con gran fuerza, al mismo tiempo en que tres jugadores de Cantolao se le fueron encima al árbitro como si fuese un partido de Copa Perú. El árbitro ni se inmutó y no cobró el gol. Justo en ese momento mi compañero y yo pasábamos por el arco donde Cantolao estaba obligado a hacer los goles (para ese momento estaba 1-0 abajo en el marcador) y presenciamos que el balón efectivamente, había ingresado. Observando la reacción del árbitro la pregunta que se me vino a la cabeza fue: ¿Hasta cuándo seguiremos teniendo un pésimo sistema arbitral?


Luego de que el árbitro les quitó el gol del empate, Cantolao se vino abajo y llegó el segundo gol de Melgar para liquidar el partido. De esta manera el árbitro hizo sonar su silbato decretando el final del encuentro. Para cuando los jugadores se fueron retirando del campo vi a alguien conocido del primer equipo, Alec Deneumostier. El jugador proveniente del Esther Grande de Bentín, que había sido parte de la selección sub-18 y sub-20, estaba aquí, en una cancha al costado del mar chalaco, atormentado por el frío al igual que los que estábamos en la tribuna. Pude reconocerlo fácilmente gracias a su 1,83 cm de estatura y a su dorsal número 15, llevaba la cinta de capitán.


Finalmente, cuando ya todos habían salido por la puerta trasera del colegio, mi compañero y yo nos quedamos unos minutos para observar el partido entre Alianza Lima y Cantolao correspondiente a la Copa Federación. Notamos al ex mundialista Jaime Duarte junto con el comando técnico del equipo blanquiazul. Nos acercamos a pedirle una corta entrevista a lo que él accedió amablemente. Nos despedimos de él deseándole buena suerte marchándonos rápidamente, por la fría cancha del colegio Leoncio Prado, esperando llegar a nuestras casas para poder tomar algo caliente y así escribir este texto.


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